ODIO QUE NO TE ODIO

Te vas,
tu anatomía se desaparece
en medio de la nada,
mientras en mi rostro
cruza una cascada
que va inundando la habitación de melancolía.

Odio haberte conocido:
haberme enamorado de ti fue mi error
y no te culpo por aquello
porque sabía que querías jugar
un ratito conmigo; y acepté el riesgo
de tu estúpido amor.

Me lleno de dolor,
mi corazón está en mi mano:
supurando y agonizando.

Tus escuetas palabras dulces
me retumban en la cabeza
como tambores del circo
que montaste para que me creyera
 los trucos baratos de tus sentimientos falsos.

Tus besos,
aún los siento regados por mi cuerpo,
son como mis lunares;
difíciles de contarlos
e imposible de borrarlos.

¡Cómo los odio!
Quisiera cerrar los ojos
y dejar de pensarte,
de llorarte.
 
¡Te maldigo!
¡Te extraño!
 
Sollozo, grito, te deseo:
si el amor es vida...
¿Por qué estoy muriendo?

Detesto que mi almohada
tenga impregnada tu aroma
 y que el colchón guarde la forma
de tu coraza gruesa y fornida:
magnífica obra.

Lo sé,
suena incoherente,
pero… me llenaste y me vaciaste
al mismo tiempo;
regalándome buenos y malos momentos
en lo que duró nuestro romance estólido,
ahora este yace en el viento
y en mi pecho un agujero que crece más y más.
 
Te odio,
pero lo que más odio
es que no te odio,
sino que te amo.
 

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