Ambrosía

¡Oh chico!

¡Oh chico! 

Mis piernas tiemblan, y todos mis sentidos se paralizan cuando tus manos me rozan como una cálida brisa.

¡Oh chico! 

Mi boca está seca; bésala y pasa el grueso de tu lengua húmeda por los rincones escondidos de mi delicadeza.

¡Oh chico!

Átame a las patas de tu cama, 

átame a tu vida, quiero ser tu esclavo.

Quiero estar a tu lado cada mañana de tus desolados días.

Acompañarte con abnegada ambrosía es mi destino.

¡Oh chico! 

Hazme el amor y entre tus sábanas: 

mátame y revive mis deseos una y otra vez.

¡Oh chico! 

Mi cuerpo es un libro con páginas vacías,

pasa tu dedo inquieto y escribe una historia ardiente de amor sobre mi piel.

¡Oh chico!

Me corro mientras dentro de mí también te vienes con prisa.

Míranos, estamos levitando de placer.

Imagen de Eucleia Photo

Un ayer, un mañana

Crédito: Amino Apps
Hoy me levanté con ganas de fumar,
con ganas de ver qué hay más allá
de las paredes de mi habitación;
no me sorprendería ver la preocupación
pintada en los rostros de los seres
que rondan allá fuera.
 
Es un día soleado,
las calles no están tan llenas,
las personas miran sin mirar,
caminan asustadas y otras solitarias.                                                                
 
Las adversidades de la vida son muchas,
pero pocas personas las afrontan,
algunas se hunden en ellas
dejando que el tiempo las alcance
y las desaparezca.
 
Pienso en el mañana,
queriendo olvidar el ayer,
un ayer que me ha dejado
un sabor amargo en la boca.
 
Mi rostro, 
mi rostro dibuja un semblante
abrumado por la pandemia,
mi sonrisa se ha ido en el aire
y mi llanto se escucha por las noches.
¡Mierda!
Extraño mi familia y amigos.
 
No sé por cuánto tiempo
podré contener la depresión,
no sé cuánto tiempo pasará
para ver a quienes quiero en realidad.
 
No hay horarios ni calendarios,
todos los días son iguales,
quizás uno de estos no vuelva a despertar
para sentir como el sol 
entra por mi ventana y besa mi escamosa piel.
 
Me muero.

Saudade

Mis ojos están hinchados de tanto llorar,
tratando de olvidar
tu cruento amar.

Ato mis manos y
me resisto a tocarte,
tapo mi boca para evitar besarte,
quiebro mis pies para no correr hacia ti;
me opongo a este estúpido sentir.

Tengo que parar,
mi corazón está muriendo
y tú a otro estás queriendo.

No podemos resucitar lo que ya murió,
no podemos olvidar lo que un día
causó mucho dolor,
este final es predecible
al igual que tus excusas de niño llorón.

Muerdo mi lengua
para no llamarte,
grito y trato de odiarte,
pero es inútil.

Es que creer en ti
por última vez,
sería morir en vano
por alguien que siempre hará daño.

ODIO QUE NO TE ODIO

Te vas,
tu anatomía se desaparece
en medio de la nada,
mientras en mi rostro
cruza una cascada
que va inundando la habitación de melancolía.

Odio haberte conocido:
haberme enamorado de ti fue mi error
y no te culpo por aquello
porque sabía que querías jugar
un ratito conmigo; y acepté el riesgo
de tu estúpido amor.

Me lleno de dolor,
mi corazón está en mi mano:
supurando y agonizando.

Tus escuetas palabras dulces
me retumban en la cabeza
como tambores del circo
que montaste para que me creyera
 los trucos baratos de tus sentimientos falsos.

Tus besos,
aún los siento regados por mi cuerpo,
son como mis lunares;
difíciles de contarlos
e imposible de borrarlos.

¡Cómo los odio!
Quisiera cerrar los ojos
y dejar de pensarte,
de llorarte.
 
¡Te maldigo!
¡Te extraño!
 
Sollozo, grito, te deseo:
si el amor es vida...
¿Por qué estoy muriendo?

Detesto que mi almohada
tenga impregnada tu aroma
 y que el colchón guarde la forma
de tu coraza gruesa y fornida:
magnífica obra.

Lo sé,
suena incoherente,
pero… me llenaste y me vaciaste
al mismo tiempo;
regalándome buenos y malos momentos
en lo que duró nuestro romance estólido,
ahora este yace en el viento
y en mi pecho un agujero que crece más y más.
 
Te odio,
pero lo que más odio
es que no te odio,
sino que te amo.