La envidia mía

 Envidio a las aves; 
 pequeñas y grandes a la vez... 
 volando alto sin miedo a caer, 
 disfrutando de la vida desde las alturas 
 mientras las nubes ante ellas se despejan 
 abriendo paso a un paraíso de algodón.
  
 Envidio a los árboles; 
 frondosos y fuertes, 
 viviendo sus taciturnidades día a día, 
 ellos tan dispensables en la vida... 
 tan vivos, tan pasivos; 
 sin estar envueltos en lujos, ellos tranquilos respiran.
  
 Envidio a las estrellas; 
 su luz nunca cesa, 
 iluminan las penumbras de un espacio... 
 de un firmamento a oscuras que habita más allá 
 de lo que ningún ser puede estar o llegar.
 Tan inalcanzables; tan espléndidas... tan brillantes.
   

Llévame a los Andes

¡Allá!

Donde los cóndores vuelan libres junto a las águilas

sin miedo a tropezar en las colinas empinadas de la cordillera andina;

sí, allá donde todo lo que se mueve son presa para las aves rapaces.

¡Allá!                               

Para observar al sol saliente mientras bebo un café negro cargado de vida;

sí, allá llévame.

¡Allá!

Donde el viento arrasa con la vegetación débil que nace de piedras lisas;

sí, en esas piedras me quiero sentar.

¡Allá!

Quiero escuchar a los animales salvajes mientras de lejos los fotografío;

sí, allá quiero despertar.

Donde sé es feliz, hay que regresar y vivir hasta morir.

Lluvia de febrero

Hay días grises en los cuales las lágrimas pasan desapercibidas bajo la lluvia,

días donde los sollozos se enmudecen dentro de las voces roncas que el viento arrastra desde el norte.

Una copa de vino para endulzar esta amargura,

una calada para enfriar las penas.

Miro a través de las persianas,

las hojas de los árboles me saludan,

las aves duermen en el torrencial aguacero

y los perros callejeros rebuscan en la basura;

puedo olfatear lo tétrico que es vivir.

Me tiro en la cama a medio hacer y duermo todo el día.