Su cabello ondulado es negro como sus ojos azabache, su sonrisa es tímida y sus movimientos salvajes.

Echo de menos el olor agrio de su sudada estructura y el sabor indescriptible de su miembro erecto.

¡Qué delicia!

Trato de convencerme que sus fríos besos no significaron nada en mí y pasan los días, me rehuso a escribirle, entonces él lo hace pretendiendo que entre nosotros todo está bien; no es así, dulce sanguinario.

Su frivolidad aniquila a mis sentimientos y la libertad de mi cuerpo enardece a sus vanos deseos.

Él y su parsimonia al transitar por este bulevar, hacen que quiera dejarme gobernar por su sexo y por su desinterés a mis emociones.


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