En el silencio de la madrugada, escuché un llanto; era mi madre triste como casi todos los días, pidiéndole a Dios clemencia por aquellas personas que al abismo la mandaron y rogando perdón por sus pecados.
En su oración; ella manifestaba querer olvidar el dolor que en su corazón guardaba y poder sanar las heridas que aquel hombre le causó.
Creía que sólo yo tenía problemas, pero escuchándola me di cuenta que las personas más sonrientes son las que más dolor cargan en sus cuerpos y en sus venas.


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